Del mito de la “crisis” al puente del brote de crecimiento

El poder de las palabras

Durante mucho tiempo se habló de “crisis de lactancia” o “crisis de crecimiento”. El término crisis instala alarma y sensación de falla, como si la lactancia estuviera en riesgo. Hoy sabemos que es más acorde y protector hablar de brote de crecimiento: una fase de ajuste fisiológico y emocional que acompaña al bebé y a su entorno. Nombrar distinto no es un detalle menor: cambia la percepción de las familias y evita decisiones apresuradas.

Lo que realmente ocurre

Los brotes no tienen un calendario fijo ni afectan a todos los bebés de la misma manera. Son momentos en los que el bebé pide más pecho, se muestra inquieto, llora si no está en brazos o parece insatisfecho. Pero no es falta de leche: es el cuerpo ajustando la dinámica de la lactancia y el bebé buscando seguridad.

La evidencia científica confirma que la producción láctea se estabiliza después del primer mes en un rango promedio de 700 a 800 ml diarios (Kent et al., 2012; OMS, 2023). Los brotes no generan un salto abrupto en ese volumen, sino que son ajustes conductuales y emocionales que permiten que la producción se mantenga estable y adecuada. En otras palabras: más demanda ayuda a sostener la constancia fisiológica, pero no implica variaciones drásticas.

Más que alimento: vínculo y neurodesarrollo

El pecho no es solo nutrición. Es regulación emocional, continuidad del vínculo gestacional y construcción de apego seguro. La alta demanda es, en gran medida, una necesidad afectiva. Montessori lo expresó con claridad: “La proximidad y el contacto no son un signo de déficit, sino de salud emocional”. Cada brote es también un momento de aprendizaje: la emoción fortalece conexiones neuronales, la memoria emocional se impone sobre la racional y el bebé se afirma como sujeto activo con derechos y emociones.

El riesgo de los mitos

Frases como “tu leche se vuelve agua” o “tenés que espaciar las tomas” siguen circulando y generan angustia. El peligro es la suplementación innecesaria, que altera la microbiota, sensibiliza al bebé a proteínas extrañas y erosiona la confianza materna. La clínica muestra dos escenarios frecuentes:

  • Ajustes saludables confundidos por mitos, con bebés que crecen bien pero madres agotadas por comentarios dañinos.
  • Demandas intensas con signos de alerta, donde la confusión y la presión externa llevan a prácticas que ponen en riesgo la salud del bebé.

Ambos reflejan la importancia de una anamnesis completa y de diferenciar entre un ajuste normal y una patología subyacente.

El estándar de la OMS: lactancia como norma biológica

Desde 2006, la OMS estableció curvas de crecimiento basadas en lactantes amamantados, mostrando que el patrón biológico es un rápido aumento de peso en los primeros meses seguido de una desaceleración. Interpretar correctamente estas curvas evita diagnósticos erróneos y protege contra la obesidad futura.

La lactancia universal podría salvar cientos de miles de vidas infantiles y maternas cada año, además de generar un ahorro económico global enorme. Y es clave subrayar que estos patrones no dependen de las variaciones transitorias de los brotes, porque la producción láctea se mantiene estable dentro de su rango fisiológico. Lo que cambia es la conducta del bebé y la percepción materna, no la capacidad basal del cuerpo de producir leche.

Cuidar al bebé… y a quien cuida

El brote de crecimiento también pone a prueba a las familias. La madre puede sentirse desbordada, agotada o insegura. Validar sus emociones es tan importante como acompañar al bebé. La pregunta clave es: ¿quién cuida al que cuida? El descanso materno debe ser considerado una indicación médica, y el apoyo profesional y familiar es fundamental para sostener la lactancia y la confianza.

Más allá del primer año

Los brotes no son crisis aisladas ni se limitan al primer año. La lactancia prolongada es biológicamente normal y culturalmente diversa. En muchas culturas no occidentales los niños son amamantados hasta los tres o cuatro años, y la evidencia muestra que la lactancia prolongada es neuroprotectora y favorece el desarrollo emocional. La pregunta no debería ser “¿hasta cuándo?”, sino “¿cómo acompañamos mejor este proceso?”.

Conclusión: un puente, no una crisis

El brote de crecimiento debería dejar de ser visto como una crisis y empezar a ser entendido como un puente: hacia la maduración del sistema nervioso, hacia la consolidación del apego y hacia la confianza en la lactancia. Nuestro rol como profesionales y acompañantes es doble: sostener con ciencia y empatía, y cuidar también a quien cuida. Porque detrás de cada demanda hay un cerebro en construcción y un corazón que busca seguridad.

Por Laura Zurzolo – Téc. Universitaria Puericultora